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Luz de Luna

La sinuosa danza del mar,
La salada brisa impregnando mi piel.
Una luz proveniente del faro ilumina con precisión;
Va guiando barcos y pensamientos
Con tal de llegar todos ellos a buen puerto.
La luna rasga unas vestiduras de profundo azul
Con el argenta de su piel.
Dulcemente se baña en aguas de calma y ternura
Ansiando ver esta noche a aquél perdido amante,
Ese que una vez le regaló mil sonrisas y que ahora vaga errante
En un mundo repleto de mezquindades y errores.
Ella no obstante conserva la pureza de su amor
Y los sentimientos que una vez conoció.
Es por ello que la melancolía le otorgó su eterno dulzor.
                                                                 Andrómeda.
                                                                 25-07-2000

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Plenilunio

Al día, tan parecido a cualquier otro antes vivido, le sucedió La Noche. Sólo a unos pocos, a los amantes de la noche, a los que viven el misticismo y sienten lo sobrenatural, a los amantes de todo lo que reside más allá de los límites de lo vulgar, les aguardaba el don de un sentir mágico y extravagante.

Allí estaba la luna, el astro sol de los que observan en la oscuridad, mostrando su presencia cuando el azul del cielo era pálido aún, como si desease, por una noche, convertirse en reina absoluta del firmamento y conceder con su gracia un milagro a los seres que todavía no se han olvidado de alzar su mirada hacia el infinito. Si los medios de información se hicieron eco de la noticia, fue sólo para alertar a incipientes astrónomos o provocar necios comentarios como “Y qué?”, “Pues con tanta luz no conseguirá vislumbrarse ni una sola estrella”; pero los que extienden sus sentidos a una percepción ulterior sabían ya, desde que el cuarto creciente inició su ciclo, que aquella sería una noche diferente, especial; la noche en la que la luna se presentaría en su forma más grandilocuente, engalanada con sus mejores ropajes. La luna más grande y brillante de todo el año.

Dicen las malas lenguas que aquel suceso resultaba intrascendente y carente de sentido alguno, pero lo cierto es que podía respirarse en el aire, seintirse en la quietud del cielo e incluso oírse en el rumor de los árboles, en el movimiento de sus hojas alzándose hacia la Luz.

La noche se adueña del mundo, anunciando que las horas de reposo por fin han arribado, pero la luna ha tejido otros planes para esta noche y, altiva en el cielo, se muestra presta a cumplir sus designios. Luchando contra las extrañas sombras y lechosas nubes que amenazan con entorpecer su empresa, logra exitosa su propósito provocando una inexplicable confusión en la ciudad: sirenas, algarabías, personas que se niegan a refugiarse en la calidez de unas mantas… Esta noche la ciudad no debe dormir! Que bailes y cantos inunden el aire, que las calles rebosen sonoras carcajadas y expresen los deseos ocultos por el tedio! Que despierten las conciencias y se alcen los espíritus en un júbilo incontrolado! Los árboles hablan, cobran vida activa y despliegan su sabiduría milenaria hacia aquellos que les saben escuchar.

Algo extraño ocurre en el firmamento, presagios de malos augurios denuncian la necedad humana: la ignorancia de aquellos incapaces de encauzar correctamente el despertar de los sentidos, induce a cometer los más terribles actos que degradan a la raza humana… Y la Parca surca el cielo en funestas misivas, dejando un rastro de oscuridad a su paso. La exultante Luz combate con la más tenebrosa de las sombras, librando en el cielo un espectáculo de resplandores intermitentes y sinuosos movimientos.

Pero mientras los hombres invocan la presencia de la Parca, las almas se expanden, convergiendo hacia la tierra. La energía emana desde todas partes; el suelo se mueve bajo los pies clamando que no sólo está viva sino que es Madre de todos nosotros… El cariño de un abrazo fortalece los lazos de sangre con mi Hermano-Árbol; nos fundimos en un solo sentir, atisbando la grandeza de la Naturaleza, de que todos somos Ella por más que algunos se empeñen en renegar de su condescendiente progenitora. La energía está desatada en un frenesí de sabiduría revelada; todo fluye, se contagia la Vida, y la Muerte descubre su rostro para crear el círculo perfecto: Que no existen los opuestos, que Vida y Muerte son una misma, el renacer de las conciencias…

El cosmos nos ha revelado que no existe la supremacía, ni que en modo alguno la raza humana puede ser superior más que a sí misma, puesto que todos, a fin de cuentas, somo UNO.

Andrómeda.

23-04-02

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