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Archive for 25 mayo 2013

Escena nº 9 (Mayo): Para participar en la escena de este mes tendréis que enviarnos un texto que, además de contar una historia con su inicio, su medio y su desenlace, reúna las siguientes características:

1. El texto se contará con un narrador en primera persona.
2. La primera frase del texto ha de ser: “Me giré al escuchar sus pasos”.
3. El texto terminará con la frase: “cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

http://www.literautas.com

 

REMINISCENCIAS DEL AYER

Me giré al escuchar sus pasos. Llevaba esperándole cien vidas y, pese a no conocerle, sabía que era él.

Había estado morando en mis sueños desde que tenía uso de razón, pero durante el último mes, sus apariciones se habían hecho cada vez más insistentes, como si quisiese decirme algo con ellas que iba más allá del simple contenido del sueño.

Siempre he sido más bien pragmática; sin fuertes creencias ni esperanzas en un idílico más allá, ni en un más acá habitado por alienígenas. Pero todos aquellos sueños habían ido despertando una vaga sospecha en mi conciencia; un conocimiento que escapaba a mi memoria y mi entender. La certeza de que mi subconsciente estaba tratando de despertar de su letargo, intentando evocar esa parte de consciencia que debía recordarle.

Contaba unos cinco años cuando tuve el primer sueño en el que recuerdo verle. Lo sé porque, aún a día de hoy, a mi madre le encanta explicar que a esa edad, me pasé toda una semana proclamando que había conocido a mi príncipe azul y que de mayor me casaría con él.

No sé por qué motivo, ya entonces, todos los sueños en los que él aparecía, tenían una especial intensidad, un “algo” reconocible hasta para una niña de tan corta edad. Supongo que por eso no acabé nunca de entender por qué mis padres comenzaron a preguntarme por mi amigo imaginario, cuando de imaginario no tenía nada. Mi “amigo” no era producto de una fantasía desbordante, y prueba de ello es que nunca apareció en mis múltiples juegos.

Pese a que durante la adolescencia sus apariciones fueron haciéndose cada vez más escasas, empecé a darme cuenta de la realidad de su extraña naturaleza. Algo estaba claro: no era normal ser visitada una y otra vez por el mismo ser; así que empecé a mostrar interés por todo aquello que intentara dotar de significado a los sueños.

No es de extrañar que, con el paso de los años, esa afición terminara por convertirse en algo más que un detallado ritual de sueños, en casi una obsesión por recopilar, anotar y estudiar minuciosamente cada simbolismo que pudiese haber encerrado. Me adentré en el mundo del psicoanálisis buscando respuestas racionales y, sin embargo, lo que encontré fue un inquietante acercamiento hacia lo desconocido.

Cerré el libro de Jung que tenía entre las manos y me dejé mecer por el constante traqueteo del tren, cerrando los ojos y entregando mi voluntad a una dulce duermevela. Desde que había iniciado aquel viaje, la sensación de vértigo que me acuciaba hacía unas semanas, había ido en aumento, tensando mis nervios y apoderándose de mi buen juicio; inundándome con una sensación de fatalidad y de pertenecer a un plan cósmico.

No sabía qué era, ni qué me ocurría, pero definitivamente la lectura no había ayudado a distraerme y, por lo visto, los ejercicios de respiración tampoco parecían estar conduciéndome a ninguna zona de confort. Mi duermevela comenzó a llenarse de extrañas imágenes sin sentido, breves escenas de vivos colores y contornos tan nítidos como los de una fotografía. Era surrealista y desordenado pero pronto pude discernir un denominador común en todas ellas… Él. Él sonriendo; Él observándome con ternura; Él tratando de decirme algo… Él tendiéndome la mano.

El estridente pitido del tren me arrancó de ese trance y, como alma que lleva el diablo, agarré la maleta y me lancé fuera del tren. Sabía que no había llegado a mi destino pero poco me importaba. Me faltaba el aire y las imágenes seguían arremolinándose en mi cabeza mientras recorría el andén. Todo aquel sinsentido parecía ir encajando sus piezas de forma misteriosa.

Me detuve de pronto. No necesitaba cerrar los ojos para distinguir sus pasos entre una multitud de sonidos, de hecho, no quería cerrarlos porque, por primera vez, estaba segura de no estar viviendo un sueño.

Me giré y su presencia se hizo real. Observándome con la misma ternura que ya conocía, con la complicidad a la que me tenía acostumbrada.

— “Esta vez te ha costado un poco.”

“¿Siempre te encuentro?”

“En cada existencia.”

Una vez más, había logrado encontrar a mi alma gemela…

“¡Cariño, ya tengo los billetes!”

Tarde…

Esa voz en la distancia resonó como un trueno en mi interior. Vi mi angustia reflejada en sus ojos y sentí su perdón rogándome en el alma. No había más que decir… Di media vuelta y cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

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