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Jueves

JUEVES 22

“Buenos días Ardid. Aquí me tienes otra vez frente al teclado para dedicarte un ratito. Es la hora de comer y he decidido quedarme en la oficina para poder acabar con el papeleo de un caso que tengo entre manos y echar una cabezadita antes de continuar esta tarde. La verdad es que nuestras charlas nocturnas me han convertido en un adicto, dependiente del café de las mañanas; pero es un precio que estoy más que dispuesto a pagar por poder disfrutar de tu recuerdo al día siguiente. Me has convertido en un zombie sonriente, Ardid!

Llevo pensando en la proposición que me hiciste anoche desde el mismo instante en el que nos dimos las buenas noches. No sé si será una proposición indecente, pero te aseguro que es arriesgada. Ahora mismo somos felices conformándonos con el tipo de relación que tenemos. Nos conocimos no siendo más que un conjunto de frases en una pantalla y hasta ahora no hemos entendido otra forma de relación; esto es todo lo que conforma nuestro mundo, es privado y es nuestro, exclusivamente nuestro; no hay más realidad que nosotros mismos pero, qué ocurrirá si introducimos un factor externo en este mundo paralelo que hemos creado? Seremos capaces de dejarlo ahí o empezaremos a desear más?

No puedo negarte que, además, me asusta pensar en la probabilidad de que este nuevo “elemento” pueda corromper la bonita historia que ha nacido entre nosotros, modificar nuestro comportamiento y nuestros deseos, volvernos exigentes, intransigentes el uno con el otro. No me digas que eso no ocurrirá porque no lo sabes.

Anoche no me atreví a contarte la agitación que me provocó tu mail hace unos días; no quería que me supieras tan débil ni que creyeses que dudaba de ti, pero llegué a pensar que querías alejarte de mí y renunciar a lo nuestro. Llegué a creer con total convicción que el trabajo del que me hablabas era una mera excusa para escabullirte de mí sin complicaciones, y te eché de menos con un desasosiego impropio en mí. Y todo eso por una simple ausencia de la que incluso me habías advertido!

Te cuento esto ahora porque quiero que te des cuenta de lo necesarios que se han convertido nuestros encuentros para mí, tan vitales como el aire que respiro, y me da miedo pensar que si iniciamos una comunicación telefónica, esto se nos acabe yendo de las manos… Dónde poner el límite?

Piénsalo bien Ardid: Los mails no tienen noción del tiempo, sencillamente se esperan; son el “ahora”, pertenecen al presente tanto en el momento de escribirse como de leerse. Pero una llamada telefónica requiere de la disponibilidad de ambos en el mismo espacio de tiempo, y eso puede generar malentendidos y situaciones incómodas que acaben por poner en peligro nuestra amistad. De verdad estás dispuesta a poner en riesgo lo que tenemos sólo por oírme?

No me malinterpretes princesa, no es que no quiera oír tu voz; de hecho uno de mis miedos es precisamente volverme adicto a ella también. Qué ocurrirá si tu risa resulta ser contagiosa y descubro otro motivo para enamorarme más de ti? Sabes que, en mis circunstancias, no puedo permitirme ese lujo. Y cada nuevo motivo que me das, noche tras noche, hace que mi tortura sea cada vez más evidente ante tus ojos. Por qué quieres regalarme el suplicio de soñar con tu voz? Bastante te necesito ya!

Además, debo decirte que tu impulso de querer llamarme se contradice con la regla que impusiste al conocernos. Qué hay de aquello de querer mantener el misterio? Al ritmo que llevamos, pronto, lo único que no conoceremos de nosotros serán los nombres. No se te ha ocurrido pensar que el prefijo con el que comienzan todos los números de teléfono revela la comunidad en la que vives? Qué ocurriría si nos diésemos cuenta de que estamos más cerca de lo que creemos? Seríamos capaces de conformarnos?

Ya ves, cielo, que he tenido tiempo para pensar en todas las implicaciones y fantasear con todo tipo de situaciones, originadas por una inocente llamada de teléfono. Tu alocada propuesta ha puesto en marcha todos los engranajes de mi imaginación, y creo poder decir que todas mis sospechas serán sólo el presagio de lo que ocurrirá. El sólo hecho de pensar en la posibilidad de dejarme mecer por el sonido de tu voz me ha llevado a ensoñaciones varias, en las que el resultado final siempre es el mismo: un irrefrenable deseo de conocerte, de poder tenerte frente a mí y…

Basta, Ardid! Mira lo que has hecho conmigo! Has sembrado la semilla de la duda en mis pensamientos. Desde que me asaltó esa idea del prefijo del número de teléfono, no dejo de preguntarme si será posible que te tenga tan cerca de mí que baste con alargar la mano para alcanzarte. Y entonces qué? Seré capaz de conservar mi templanza? Tendré la suficiente frialdad como para renunciar a algo tan sencillo como aparecer ante ti de improviso; para reprimir el pedirte cinco minutos de tu tiempo y descubrir de qué color son tus ojos?

Ya sé que no tienes la culpa de toda mi incertidumbre, que tu propuesta nació de un simple impulso y que ni siquiera sospechaste que pudiese generar tantas preguntas; pero por lo visto yo soy la parte racional de esta relación y no puedo evitar analizar todas las posibilidades que se plantean con cada una de nuestras acciones. Comprendo y comparto ese deseo fugaz de acercarnos más el uno al otro pero precisamente, debe seguir siendo fugaz.

Si te conté que estaba casado no fue sólo por no desear que las mentiras se instalaran entre nosotros. Fue también porque dudo de que yo solo sea capaz de mantenerme fiel a mi realidad; necesito de tu ayuda para no sucumbir ante los deseos que han nacido en mí, para recordarme todo por lo que he luchado en esta vida y no convertirme en un hombre que se desprecie a sí mismo. Ardid, tú puedes ser mi fortaleza y mi debilidad, el pilar en el que me sustente en momentos difíciles o la tentación que me haga caer al abismo.

Tú decides mi destino princesa, sabes que no tengo la suficiente fuerza de voluntad para oponerme a tus deseos, y es por eso que estoy apelando a tu buen juicio. Si después de leer este mail aún sigues queriendo dar ese peligroso paso hacia adelante, estoy convencido de que hallarás el modo de convencerme; por eso, me despido aquí, quedando en tus manos y a merced de tus designios.

Nos vemos esta noche princesa. El reino de los sueños es nuestro.

Tu Insomne.”

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M. H. Heels

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